jueves, 29 de marzo de 2012

LA REVOLUCION DEMOCRÁTICA EN BOLIVIA.



      

“El principal consejo que le dio Fidel –o el que Morales recuerda como más importante- fue en La Habana, en 2003: ‘No hagan lo que nosotros hemos hecho: hagan una revolución democrática. Estamos en otros tiempo y los pueblos quieren transformaciones profundas sin guerras’.”1 



¿QUÉ TAN REVOLUCIONARIA, QUE TAN DEMOCRÁTICA?



Bolivia vive hoy día una verdadera revolución democrática. Sólo si se entiende el proceso en marcha en estos términos se puede explicar la fenomenal reacción de los eternos grupos de elite. Grupos que camuflan sus verdaderos objetivos, que son retener sus antiguos privilegios, en el antiguo reclamo de las autonomías regionales. Adolfo Gilly lo explica el cariz de esta experiencia de la siguiente manera: “El vicepresidente Álvaro García Linera ha dicho que lo que está en curso es ‘una ampliación de élites, una ampliación de derechos y una redistribución de la riqueza. Esto, en Bolivia, es una revolución’ (…) Pero lo que está ocurriendo es algo mucho más profundo (…) Es un cuestionamiento de los sustentos mismos de la dominación histórica de esas élites, viejas y nuevas. Viene de muy abajo, lo mueve una furia antigua (…)”2.

 Y podemos afirmar que la revolución es democrática no sólo porque el gobierno de Morales accedió al poder y se mantiene en él a través de elecciones limpias (en la última elección obtuvo el 67 por ciento de los votos) sino porque se diferencia de varias experiencias populares en Latinoamérica que han surgido desde la propia esfera del Estado, esto es con el acceso desde fuera del sistema político  de un líder que construye una estructura de apoyo popular como consecuencia de una política de ampliación de derechos sociales (a partir del manejo de los recursos estatales). En contraste, el proceso boliviano se inició con el surgimiento y la consolidación de innumerables organizaciones sociales, fundamentalmente campesinas, en su lucha contra el modelo neoliberal implantado en el país desde los años ochenta, proceso que entra en su fase de máxima ebullición durante el último gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada (2002-2003) con las célebres ‘Guerra del Agua’ y ‘Guerra del Gas’. Es un movimiento que excede a Evo Morales, más allá del papel que cumple el presidente como conductor y canalizador de demandas. El periodista Martín Sivak lo grafica claramente: “En definitiva, la Guerra del gas tumbó a Sánchez de Lozada, detuvo su exportación e instaló la agenda de Octubre que clamaba por la nacionalización del gas y una asamblea constituyente que refundara el país. (…) Evo salió triunfante. Pero él no dirigió el levantamiento. No fue el General de la Guerra del Gas, sino uno de los oficiales de un archipiélago de organizaciones y movimientos. Como en la Guerra del Agua, la multitud lo había rebasado”3.

 Como señala Sivak la revolución nació con la fuerza de dos demandas fundamentales que emanaron desde los sectores más relegados del pueblo boliviano: la nacionalización de los recursos naturales privatizados durante la era neoliberal y el llamado a una Asamblea Constituyente que refundara la nación sobre nuevas bases, incorporando a aquellas mayorías excluidas en su primera fundación (1825). Stefanoni y Do Alto en un libro muy didáctico sobre la revolución en Bolivia desgranan el A.D.N de esta experiencia sin parangón: “Hoy este movimiento sui generis plantea una experiencia novedosa de articulación de lo político y los social, que se propone una tarea nada sencilla: dejar atrás tanto una historia larga marcada por el colonialismo y la exclusión de las mayorías nacionales indígenas como una historia corta definida por la dogmática aplicación del modelo neoliberal, una de cuyas consecuencias fue la privatización de las empresas estatales (bajo la modalidad boliviana de la capitalización) y la pérdida de la soberanía estatal sobre los recursos naturales, fundamentalmente el gas y el petróleo.

Se propone así, por la vía electoral, una reconfiguración radical del bloque sociopolítico en el poder, cuyo desafío es transformar la mayoría electoral en una nueva hegemonía indígena-popular (…).”4
LOS NÚMEROS DE LA REVOLUCIÓN

El gobierno del Movimiento al Socialismo (M.A.S) ya ha cumplido con una de sus principales promesas de campaña, la nacionalización de los hidrocarburos que se hallan en abundantes cantidades en el generoso subsuelo boliviano. Sin duda, esta medida fue la que causó mayor revuelo en los países extranjeros. Sobre todo en España y Brasil que a través de Repsol y Petrobras, respectivamente, tienen fuertes intereses en el rubro, pero también en Argentina que depende del gas boliviano para su abastecimiento interno, y por supuesto en Estados Unidos que no deseaba que se concretara una decisión que era vista como un mal ejemplo para el resto de la región. La nacionalización fue un verdadero éxito no sólo porque generó un fuerte aumento en los ingresos fiscales del Estado sino porque ninguna de las empresas se fue del país. Sivak da detalles: “Los contratos a veinte o treinta años implicaban un aumento significativo de los tributos. En los hechos Bolivia, según datos oficiales, pasaba de percibir por ingresos de gas y petróleo173 millones en 2002 a 1299 millones en 2006. (…) A pesar de las amenazas de que se irían del país, las empresas se quedaron porque el aumento considerable de impuestos no les impedía seguir obteniendo grandes beneficios. Se trató de un caso testigo.”5

Y ese repentino flujo de dinero se tradujo en una amplia política social, inédita en la historia de Bolivia, que busca proteger a los sectores más vulnerables de la sociedad. Medidas como la distribución del bono escolar Juancito Pinto, por el cual 1 millón 800 mil alumnos perciben 200 bolivianos anuales (28 dólares) para frenar la deserción, y el otorgamiento de la renta Dignidad, de hasta 3 mil bolivianos (425 dólares), que reciben 570 mil mayores de 60 años, y que se financia con el Impuesto Directo a los Hidrocarburos (I.D.H.), son parte de esta nueva política de transferencia de recursos en beneficio de los pobres de Bolivia. Vaya paradoja, la quita del 30 por ciento del I.D.H a las prefecturas para financiar la Renta Dignidad fue el motivo que desencadenó  la última insurrección autonomista. 
     
El periodista uruguayo Raúl Zibechi agrega algunas otras medidas que en el marco del avance de la intervención del Estado en la economía significaron mayores ingresos fiscales: “Según García Linera, la participación del Estado en la economía pasó de 13 a 22 por ciento en estos 30 meses; en cuanto a la renta petrolera, el Estado pasó de controlar 27 por ciento a 75 por ciento (…). En el área de minería, tercer núcleo de poder, el Estado pasó a controlar 55 por ciento de las ganancias (luego de la aprobación de la ley de impuestos y gravámenes mineros) frente a sólo 20 por ciento que recibía antes. (…) Aún sin nacionalizaciones confiscatorias, los cambios son notables. (…) En el área de ganadería y agroindustria, el Estado dejó de transferir a los grandes productores 150 millones de dólares anuales en infraestructura y apoyo técnico, para abrir un programa de apoyo a pequeños y medianos productores de arroz, trigo, maíz y soya. Comenzó a intervenir en el mercado soyero, comprando a pequeños productores, a los que paga precios superiores a los del mercado. (…) De los cuatro principales sectores, el único donde el Estado no interviene es la banca.”6 Y para envidia de los soldados de la ortodoxia neoliberal, muchos de los cuales gobernaron Bolivia durante los últimos veinticinco años, este gobierno de izquierda fue el primero en revertir el déficit fiscal crónico de las finanzas estatales para convertirlo en superávit durante cada año de su gestión. Zibechi agrega: “Las reservas internacionales pasaron de mil 700 millones de dólares antes de Evo, a los 7 mil millones actuales y a fin de este año las exportaciones se habrán multiplicado por cinco (…).”7

LOS CONTRA-REVOLUCIONARIOS.

 La fenomenal reacción de los grupos de elite en los departamentos de la media luna oriental a las políticas y al liderazgo de Evo Morales que ha incluido el uso explicito de la violencia (con su corolario en la masacre de campesinos con sus mujeres e hijos en la ciudad de El Porvenir, en Pando) ha sido abordada desde diferentes interpretaciones. Quizás ninguna alcance a explicarlo todo pero cada una de ellas aporta en la difícil tarea de desentrañar un proceso complejo, de larga data y con demasiados intereses en juego. Estas explicaciones van desde lo racial, pasando por lo ideológico-político hasta llegar a lo puramente económico.      
    
 El periodista Santiago O’Donnell hace hincapié en el sustrato político de la violencia de la oposición conservadora: “El problema principal que tienen los autonomistas es la creciente popularidad de Evo Morales (…) Su única esperanza es que Morales muerda el anzuelo y desate una represión feroz que los ponga en el lugar de víctimas, para así justificar su insurrección. Pero hasta ahora Morales ha hecho prevalecer su paciencia aymara, su muñeca de gremialista y su visión de estadista, prefiriendo mostrarse débil antes que entrar en la espiral de violencia. (…) Pero en un punto Morales es prisionero de su propio éxito. Cuanto más avanza con sus reformas, más crece su popularidad. Cuanto más crece su popularidad, más se aísla la oposición autonomista. Cuanto más se aísla la oposición, más arriesga. Perdida por perdida, sale a quemar las naves. El objetivo ya no es imponer el programa propio sino incendiar el proyecto del gobierno en un acto de destrucción mutua.”8 Su colega Sandra Russo combina los argumentos raciales y económicos en una reflexión contundente: “El desprecio sin fondo que los bolivianos blancos sienten por los collas y por las diferentes etnias originarias del país es una herramienta política que tiene como objetivo y presa el capital. En ese sentido, no hay desprecio histórico sin botín en el medio. (…). El racismo, en fin, es apenas un instrumento económico. Pero sostenerlo, sentirlo, experimentarlo, demanda una preparación de siglos que permanece intacta. (…) ¿La democracia? Una excusa reemplazable por alguna otra forma de gobierno que deje cada cosa en su lugar.”9
      
La socióloga boliviana Ximena Soruco recurre a la historia para iluminar los acontecimientos de la coyuntura: “El conflicto actual desnuda el fundamento del Estado en Bolivia: su colonialismo. Una elite tradicional criolla, hoy arrinconada en el oriente, que piensa el territorio nacional como su hacienda, con mano de obra indígena que le debe sumisión, y al Estado como un patrimonio privado, ambos legítimos por estirpe.”10 Por su parte, los ya mencionados Stefanoni y Do Alto se inclinan por los factores económico-políticos: “Esta ofensiva autonomista tiene un claro sustrato económico: desde los años setenta, la economía cruceña fue acrecentando su importancia en el producto bruto interno (PBI) boliviano, y, en la actualidad, sus actividades económicas presentan mayor dinamismo, vinculación comercial y renovación técnica que otras regiones del país (…). Pero también existe un sustrato político: la crisis de 2003 prácticamente expulsó a la elites cruceñas del poder central, hecho que se vincula a la profunda crisis de los partidos que representan sus intereses y albergan a varios de sus representantes entre su dirigencia, lo que conllevó un atrincheramiento en lo local para preservarse ante la nueva hegemonía indígena-popular en el ámbito nacional.”11  Mientras que Oscar R. Cardozo arriesga que el objetivo final de la revuelta autonomista es la secesión: “(Los autonomistas) Buscan controlar gas y petróleo, manejar sus regalías, armar una Justicia independiente de La Paz y una fuerza policial propia que le daría a esa zona un poder de fuego autónomo del gobierno central. Y aunque se cuiden de gritarlo a voz en cuello está el intento de desposeer al occidente boliviano, más pobre y poblado por esa mayoría indígena que muchos en el oriente desprecian. En la visión de hombres como el prefecto cruceño, Rubén Costas -adalid de la autonomía-, hay visiones de una aduana y control inmigratorio interior. En otras palabras, una secesión en los hechos.”12

EL PATIO TRASERO DE UNOS, LA PATRIA GRANDE DE OTROS

 Hasta la llegada de Evo Morales al Palacio del Quemado Bolivia fue el país que más expuesto estuvo a las presiones o a la lisa y llana intervención del Departamento de Estado de los Estados Unidos en sus asuntos internos durante, por lo menos, los últimos treinta años. La situación era tal que los embajadores estadounidenses residentes en La Paz elegían ministros, tenían poder de veto en las políticas públicas y hasta jugaban un papel central en cada elección presidencial. El propio Morales fue víctima de las campañas de difamación, con acusaciones tales como la de narcotraficante o terrorista, durante las dos campañas electorales a la presidencia de las que fue parte en 2002 y 2005. El poder de la embajada norteamericana estuvo siempre relacionado con las ayudas económicas hechas por este país para erradicar la producción de la hoja de coca en el marco de sus planes de lucha contra el narcotráfico (ya sea equipando y adiestrando a las Fuerzas Armadas o buscando financiar a los productores para que se inclinaran por cultivos menos rentables). En ese contexto de resistencia contra los planes de erradicación las organizaciones campesinas de El Alto y el Chapare de las cuales Evo es un emergente surgieron como punta de lanza de un movimiento aún más amplio que comenzaba a discutir el paradigma neoliberal reinante. Sivak recuerda un graffiti que aún perdura en una pared de La Paz que grafica el clima de aquellas jornadas: “gringos, erradiquen sus narices” rezaba la leyenda.

Truncadas las posibilidades de influir en las decisiones de primer orden de gobierno, los diplomáticos estadounidenses pasaron a cumplir el papel coordinadores y financistas de la oposición. La designación como embajador en La Paz de Philip Goldberg, especialista en procesos secesionistas (como puede comprobar su performance en Los Balcanes) levantó justificadas sospechas en el gobierno boliviano. Las sospechas se hicieron realidad durante el levantamiento autonomista de agosto-septiembre último y en esas circunstancias Evo Morales tomó la decisión histórica de echar a Goldberg del país. Como respuesta, Bush ha retirado toda colaboración económica para Bolivia y lo ha incluido en la lista de naciones que colaboran con el narcotráfico.

Stella Calloni  detalla la estrategia que lleva a cabo el Departamento de Estado para esmerilar los procesos políticos que no son de su agrado en países de su interés: “Los últimos acontecimientos en Bolivia fueron nada más y nada menos que la crónica de un “golpe soft” (suave y no por eso menos violento) anunciado desde hace tiempo, y parte del esquema de la contrainsurgente Guerra de Baja Intensidad (GBI) a la que estamos sometidos todos los países de América Latina y el Caribe. Todo esto en los diseños remozados de la actual Doctrina de Seguridad Nacional de Estados Unidos y los esquemas de la Seguridad Hemisférica. (…) Las acciones del “golpe suave” están dirigidas a varios frentes: “ablandar” a un gobierno, atacándolo en forma cotidiana, distribuyendo información falsa, rumores, desacreditando no sólo política sino personalmente a los presidentes y funcionarios hasta extremos de una perversidad asombrosa. Es la “guerra psicológica”. Deslegitimar, degradar al blanco elegido, “matarlo civilmente”, son acciones cotidianas.”13

 El hecho novedoso en este proceso no ha sido el papel de los Estados Unidos sino el de los países de Sudamérica, que agrupados en la UNASUR, se reunieron de urgencia en Santiago de Chile para tratar la situación de violencia en Bolivia y emitir un comunicado sin parangón en la historia de la región en defensa de las autoridades nacionales democráticamente electas y en condena a cualquier intento de  desestabilización institucional o de desintegración territorial. Mario Wanfield entiende que “las apetencias destituyentes de la derecha boliviana podrían convertir a la región, no sólo a su sufrida patria, en un polvorín. Pondría en jaque (acaso en jaque mate) a la perspectiva de integración energética racional, desataría reacciones proporcionales y podría producir flujos emigratorios inmensos a países limítrofes. (…) Un ataque minoritario contra Bolivia, clasista, divisionista, con lazos en el exterior, es una apuesta regresiva de consecuencias impredecibles (para la región).”14 Por su parte, la profesora María Esperanza Casullo remata: “Si cae el gobierno de Evo, se abre un panorama temible para el avance y la profundización democrática en la región. Porque en el caso de Evo, su caída no estaría causada por su fracaso, sino por su éxito.” 15

LO QUE VIENE, LO QUE VIENE…
    
 La fuerza de los votos y el rotundo apoyo de la naciones hermanas del pueblo boliviano han conseguido abortar el último y más explicito intento de golpe de Estado en Bolivia. El salto hacia delante que esto significó para el gobierno de Evo incluye la aprobación por parte del Congreso de la convocatoria al referéndum popular que deberá dar el visto bueno a la nueva Constitución que refundará Bolivia sobre nuevas bases. Acontecimiento que saldará una de las demandas surgidas en aquella ‘agenda de Octubre’, cuando las organizaciones sociales echaron a correr la revolución.
      
De todas formas, los sectores privilegiados que cuentan con la venia de los Estados Unidos y con un apoyo popular considerable en algunos departamentos del oriente no cesarán en su hostigamiento a esta revolución democrática que llevan a cabo los eternos olvidados de Bolivia. El futuro que se vislumbra para el país más pobre de Sudamérica parece estar sembrado de violencia fraticida. Por eso, la viabilidad del proceso dependerá más que nunca de la unidad del campo popular y del apoyo absoluto de los países hermanos. Y por supuesto, de la continuidad del apego irrestricto a la democracia que han mostrado hasta el momento las fuerzas armadas bolivianas, lealtad que ha sido alimentada por el presidente Morales al involucrar a los militares en el proceso de nacionalización de los recursos naturales. La oposición buscará romper este bloque que hasta hoy se ha mostrado inquebrantable. Gilly no se muestra del todo optimista con respecto al futuro inmediato: “En este terreno, el de una revolución cuyos hacedores y protagonistas no están dispuestos a dejársela arrebatar ni a negociarla cualesquiera sean el costo y la violencia que los terratenientes y los racistas impongan, están los enfrentamientos en Bolivia. Tal vez la salida no sea inmediata.”16 O’ Donnell matiza la situación: “Pero queda un lugarcito para el optimismo. Santa Cruz no se va a independizar, entre otras cosas, porque los paceños se consideran bolivianos. Autónomos, pero bolivianos. El acuerdo tiene que llegar, tarde o temprano, con más o menos sangre derramada.”17 El repaso de la historia latinoamericana no deja mucho espacio para las esperanzas de que este nuevo proceso de cambio que vive un país de la región no sufra nuevos embates violentos de los sectores que hoy pierden sus privilegios. Estas enseñanzas del pasado son las que parecen haber entendido los líderes de la región y el propio pueblo boliviano.

ALEJANDRO OBEID (2009)





1 Martín Sivak; “Jefazo. Retrato íntimo de Evo Morales”; Debate; Bs. As.; 2008; pág 109.
2 Adolfo Gilly; “Racismo, dominación y revolución en Bolivia”; La Jornada; México D.F; 22-09-08.
3 Martín Sivak; “Jefazo. Retrato íntimo de Evo Morales”; Debate; Bs. As.; 2008; pág 160-161.
4 Pablo Stefanoni-Hervé Do Alto; “La Revolución de Evo Morales. De la Coca al palacio”; Capital Intelectual. colección: claves para todos; Bs. As.; 2006.
5 Martín Sivak; “Jefazo. Retrato íntimo de Evo Morales”; Debate; Bs. As.; 2008; pág 303.
6 Raúl Zibechi; “Bolivia: El día después del referendo”; La Jornada; México D.F; 08-08
7 Raúl Zibechi; “Bolivia: El día después del referendo”; La Jornada; México D.F; 08-08
8 Santiago O’Donnell; Página12; Bs. As.; 14-09-08.
9 Sandra Russo; Página12; Bs. As.; 15-09-08.
10 Ximena Soruco; “El conflicto desnuda el colonialismo en Bolivia”; Agencia Periodística del Mercosur; 26-09-08.
11 Pablo Stefanoni-Hervé Do Alto; “La Revolución de Evo Morales. De la Coca al palacio”; Capital Intelectual. colección: claves para todos; Bs. As.; 2006.
12 Stella Calloni; Bolivia y los nuevos golpes de Estado”; La Jornada; México D.F; 07-09-08.
13 Oscar Raúl Cardozo; “Un futuro complicado y cargado de tensiones”; Clarín; Bs. As., 06-05-08.
14 Mario Wainfield; “Los aliados contra el golpe”; Página 12; Bs. As.; 12-09-08; 
15 María Esperanza Casullo; “Bolivia en el tablero de ajedrez”; labarbarie.com.ar; Bs. As.; 16-09-08.
16Adolfo Gilly; “Racismo, dominación y revolución en Bolivia”; La Jornada; México D.F; 22-09-08.
17 Santiago O’Donnell; “Vox Dei”; Página 12; 21-09-08.






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