lunes, 14 de enero de 2013

DAVID CRONENBERG





En el centro del día, tirado en el montón de sardinas viajeras de un coleóptero de abdomen blancuzco, un pollo de largo cuello desplumado arengó de pronto a una, tranquila, de entre ellas, y su lenguaje se desplegó por los aires, húmedo de protesta. Después, atraído por un vacío, el pajarito se precipitó sobre él. En un triste desierto urbano, volví a verlo el mismo día, mientras se dejaba poner las peras a cuarto a causa de un botón cualquiera.
Raymond Queneau. “Metafóricamente”, en Ejercicios de estilo.



En ese imprescindible libro llamado Ejercicios de estilo, Raymond Queneau confeccionó una serie de variaciones sobre un único tema utilizando en cada uno de los escritos un eje formal rector –la subjetividad, la síntesis, el verso alejandrino, entre las 94 posibilidades- a partir del cual narrar ese acontecimiento absolutamente trivial. Su sentido, la gracia que se desprende de la seriedad con la que se repite un episodio absurdo, sólo aparece al mirar el conjunto y constatar el juego de similitudes y diferencias que se establecen entre cada uno de los pequeños relatos.  Este texto, en su aparente simplicidad, se me presenta como una de las mejores definiciones del autor cinematográfico, entendido como aquel que puede articular insistentemente una misma idea valiéndose de una multiplicidad de mecanismos para hacerla visible. El ejercicio de Queneau, pensado tal vez como una humorada, pone en evidencia una lógica que se aplica sólo a unos pocos realizadores del cine contemporáneo, entre los que se encuentra David Cronenberg.

Buscando desentramar algunas particularidades de su estilo, la cita al escritor francés me sirve como una excusa ideal para enfocar el análisis en dos cuestiones que considero centrales: Queneau era un artista interesado, al igual que el canadiense, en las ciencias duras y en el modo de entablar un diálogo desde su arte con los criterios utilizados por las disciplinas aparentemente más distantes de su horizonte –las matemáticas, la física, etcétera-. Por otro lado, el epígrafe resulta particularmente rico al adoptarlo como metáfora –cuestión que por otra parte está presente en su título mismo- de aquello que representa la mayor preocupación del director en cuestión: las vicisitudes del cuerpo, de la carne, en un mundo dominado por la biopolítica y por sus transformaciones vivenciadas en la sociedad contemporánea. Siguiendo este eje, pretendo realizar algunos apuntes sobre sus films para prestar atención al modo en que se inscriben cuestiones como la anatomía, sus mutaciones, el dolor, las relaciones –el sexo, el amor, pero también las tácticas de control-.

Más allá de atender a las persistencias -las que, en su caso y sin exagerar demasiado podrían calificarse de obsesiones-, también resulta interesante dar cuenta de los cambios internos para evidenciar las variaciones dentro de un estilo claramente reconocible, fundamentalmente al tener en cuenta que su dilatada carrera se extiende desde finales de los años sesenta y continúa en la actualidad.

Prolegómenos: La ciencia, la literatura, el arte.
Según los datos biográficos, sabemos que su formación no estuvo originalmente ligada al cine sino al estudio de las ciencias en la Universidad de Toronto, carrera que abandonó por la literatura. Una tercera área de interés se desprende de su acercamiento a las artes visuales. Se tratan de elecciones que, aunque aparecen a primera vista como extrañas, permiten entender una búsqueda particular que  una manifestación palpable en su propia obra. Borges decía que cada escritor crea sus propios precursores. En el caso de Cronenberg, la formulación de un árbol genealógico en el que quedan reunidos momentos e idearios aparentemente incongruentes, apunta a la construcción de un mundo alejado del ideal clásico, al abierto regodeo con el feísmo y lo aberrante y, no menos importante, a la puesta en duda del ideal de progreso producto de los avances científicos. En el establecimiento de su propia mirada sobre estos problemas es donde el diálogo con algunas tradiciones filosóficas o artísticas particulares se torna hondamente productivo.
Anteriormente se mencionó la importancia que el cuerpo adquiere en su cine. Aunque podría decirse que la totalidad de su filmografía está atravesada por una reflexión sobre esta cuestión, en su mayoría el pensamiento que se elabora sobre el cuerpo se asocia específicamente a la explicitación de los efectos que la ciencia tiene sobre los sujetos. En varios films se reitera la figura de científicos o creadores (Shivers (1975), The Brood (1979), Rabia (1977), La mosca (1986), Pacto de amor (1988), eXistenz (1999)). Sus actividades, los experimentos que realizan, son, más allá de núcleos argumentales fuertes, el vehículo mediante el cual se actualizan algunos dilemas individuales o sociales.
Si su formación científica se evidencia como un rasgo constante, su relación con la literatura ha marcado también una huella fuerte. No sólo porque muchas de sus obras son transposiciones de obras literarias (El almuerzo desnudo, de William Burroughs: Crash, de J. G. Ballard o La zona muerta, de Sthepen King, entre las más conocidas) sino también porque el vínculo con esta disciplina aparece igualmente anclado en una serie de alusiones, tópicos y formas que remiten claramente a ciertas corrientes que moldean su ideario. Así, su cine se configura como un compilado de lecturas aparentemente tan diversas como la novela romántica, las obras de la generación beatnik, pasando por las expresiones literarias y filosóficas del existencialismo. Más allá de una filiación reconocida, sus films no se presentan como objetos subsidiarios de lo literario. El despegue de la palabra escrita aparece en la importancia que adquieren las opciones de puesta en escena, entendida como principio de organización de un arte autónomo. De esta manera, las adaptaciones que realiza no aparecen como transcripciones puras sino que, por el contrario, sus autores de cabecera se incorporan a la propia idea de mundo, la cual busca sus medios de expresión en el tratamiento de la imagen y el sonido que constituyen su marca personal. Así también, dentro de la órbita de las artes visuales podrían encontrarse aires de familia con varias tendencias del Siglo XX, particularmente con la pintura de Francis Bacon o, más cercanas a en el tiempo, con las performance de artistas como Orlan y Bob Flanagan, quienes, al igual que este director, concretaron sus obras a partir de la exhibición de las atrocidades de la enfermedad y la ciencia sobre los cuerpos.[1]

I.               Los primeros años
Si su etapa formativa lo ubica en contacto directo con estas disciplinas, su ingreso al campo cinematográfico se produce en un momento histórico que tendrá también una clara influencia. Sus inicios se concretan dentro del linde entre los últimos coletazos de la modernidad y el inicio de una etapa en la cual la política de los autores marcaría su declinación como forma contestataria. Asimismo, el final de los años sesenta –momento en el que se produce el estreno de Stereo (1969), su ópera prima- está caracterizado por la rearticulación del predominio de Hollywood y, por ende, por la recuperación de una lógica de producción sometida a la prerrogativa de atraer al máximo posible de público entendido como consumidores. Así también, sobresale en esta etapa un renacimiento de los géneros como aquellas plataformas que, en algunos casos, como este, sirvieron para expresar –en alguna medida- una mirada propia sobre el entorno.
Esta primera fase de su producción –situada entre Stereo y Videodrome (1983)- se define por la apropiación y reelaboración de dos géneros considerados menores dentro de la tradición mainstream: el thriller y la pornografía. En su caso, ambos posibilitan el establecimiento de una mirada sobre lo corporal que se manifiesta, por un lado, en la construcción de universos en los que la tecnología cumple una función de manipulación y control colectivos, en tanto que las alusiones al porno brindan el marco para una indagación profunda sobre aquello que constituye el resquicio más íntimo de lo corporal: la sexualidad. Cronenberg utiliza ambos formatos y se vale ellos para desmontarlos críticamente. En sus películas, los mecanismos habituales del thriller –la acción por encima de las cavilaciones reflexivas, las relaciones entre individuo y conjunto y, sobre todo, la figura del enemigo como amenaza al statu quo- adoptan una forma subversiva. Shivers  inaugura una serie de películas cuyo tema principal radica en los efectos que las enfermedades tienen en una población. En el film, un parásito desarrollado por el Dr. Hobbes para combatir el avance del racionalismo en los habitantes de una torre deviene festín sexual en el que el desborde del contacto corporal contamina las relaciones en tanto se propaga la enfermedad. De entrada nos encontramos con una broma autoconsciente: el nombre del científico remite al filósofo Thomas Hobbes, el referente principal del empirismo, corriente opuesta al racionalismo representado por Descartes.
El factor de amenaza no se postula como causa exterior sino que la misma se transmite entre los habitantes y los vuelve partícipes de la propagación de la epidemia. Distanciado de la visión clásica del thriller en la que el enemigo es reconocido como una fuerza ajena, en esta película la enfermedad surge del accionar de los propios cuerpos. Así también, la peste adquiere un significado particular: es ella la que posibilita la aparición del comportamiento real de los habitantes de la Starliner Towers –miembros de una burguesía a la que el film acusa- al exhibir sus bajezas. La enfermedad se torna metáfora en cuanto facilita la denuncia contra una sociedad controlada en sus mecanismos más recónditos. Por otro lado, la propagación del mal permite la aparición de una sexualidad que, no obstante, dista de plantearse como gozosa. La apelación a la iconografía explícita típica del porno actúa, al revés de lo que podría pensarse, como excusa que propicia la apertura a un cuestionamiento a la falsa liberación sexual que, en definitiva, busca el encausamiento del comportamiento social. Al transfigurar ambos esquemas se desprende el sentido de la apelación a los géneros, el cual queda expuesto cabalmente en la resolución del film. En él, los desvaríos sexuales producidos por la enfermedad son encaminados y doblegados. Lejos de pensarse como una celebración del goce y el exceso, el pesimismo del director postula una crítica a la seudolibertad. Si ubicamos a esta película en relación con su contexto de producción –los años de explosión de los discursos sobre el amor libre- , podemos juzgar su postura negativa como un guiño nada complaciente.
Rabid (1977) apela nuevamente a la enfermedad como núcleo dramático aunque en este caso el film se desarrolla desde la óptica de un personaje en particular. Una mujer joven se somete a una cirugía plástica experimental después de sufrir un accidente. Como resultado de la intervención, se forma en su axila un órgano pequeño similar a un falo. Mediante la implantación de este cuerpo extraño Rose deviene una suerte de vampiro que asedia a sus víctimas para transmitirles la plaga que da nombre a la película. Al igual que lo que sucede en Shivers, la propagación del mal ocasiona la liberación de las conductas reprimidas de los individuos. Como en aquellas películas de zombies estrenadas en esos mismos años, la ciudad se torna el escenario propicio para el despliegue de las persecuciones.
Por su parte, el personaje de Rose encarna la síntesis perfecta entre una ninfómana perversa y el asesino serial típico de los films de terror de la época. Sexualidad y muerte se unen en una díada inseparable, temática que tendrá sus derivaciones en films posteriores (piénsese en Crash, por ejemplo).  Pero además, la elección de Marilyn Chambers para ocupar el rol protagónico provoca unos significados suplementarios.  La actriz se encontraba en el pico de su fama después de su intervención en Detrás de la puerta verde (Artie y Jim Mitchell, 1972), un éxito del cine erótico de esos años. Se trata de una inclusión en ningún modo inocente: Cronenberg subvierte el sentido tradicional del erotismo –concebido desde siempre como un género en el que la mujer toma el lugar de objeto destinado a la mirada masculina- al convertir a una estrella del género en victimaria. La escena del cabaret es clave en este juego de inversiones: Rose ingresa al sitio y toma posición de forma idéntica a la que asumen los hombres/voyeurs del espectáculo. Ellos se creen los dueños del poder sin saber que en realidad son el centro de una mirada que los rebaja a la categoría de víctimas. Así, los mecanismos de la pornografía se desmantelan a partir de la transgresión de su norma básica.
En ambos films subyace otra cuestión capital en la obra del director: Las afecciones no son asumidos desde una óptica negativa sino que, por el contrario, el desorden que produce la peste en la sociedad se presenta como el estado ideal desde el cual desenmascarar la falsa moral oculta tras una aparente fachada de tranquilidad. En esta reivindicación de la enfermedad como acto de liberación aparece el sentido subversivo de sus propuestas. Estas decisiones son coherentes con la recurrente representación de lo ominoso y horripilante que conforma el sustrato poético de muchas imágenes exhibidas en sus películas (pienso en las transformaciones del cuerpo del protagonista de La mosca o de Festín desnudo, en los enanos que aparecen en The brood o en las operaciones realizadas por los médicos de Pacto de amor). “La Enfermedad suele tener detalles repulsivos no aptos para estómagos sensibles” sostenía Burroughs en el prólogo a El almuerzo desnudo.
Aún en aquellos films más distanciados de la estética gore que predomina en sus largometrajes iniciales, el tratamiento visual relativo al cuerpo recupera esta tendencia a lo descarnado, a lo literal. En varias declaraciones el director afirmó que su cine debía ser leído desde la lógica de la enfermedad. Para él, lo corporal no sólo constituye un epítome de lo social, sino que su existencia en pantalla sólo es posible en la medida en que exhibe unos síntomas de desorden. Por ende,  no sólo toda forma de propagación sino también de procreación, o sea, de multiplicación de nuevos cuerpos, son consideradas como vehículos de destrucción. Siguiendo esto, podemos ver cómo en un film como The brood la noción de familia que maneja Cronenberg se entiende como la génesis del mal. En ninguna de sus otras películas se expresa con mayor radicalidad una mirada repulsiva sobre este tipo de relaciones. Aquí, como sucedía en Shivers, el terror emerge de aquello que el propio cuerpo es capaz de engendrar.
Si el tópico de la epidemia permitía ejercitar una mirada sobre el proceder de la sociedad contemporánea, un film como Videodrome altera la perspectiva de interés para concentrarse directamente en la descripción de los mecanismos de control puestos en juego en una era signada por el predominio de la tecnología. Nuevamente la carne es sede de una invasión, aunque de otro tipo. Haciéndose eco de los debates sobre el biopoder entendido como la forma de dominación más sofisticada, dado que es ejercida directamente sobre el cuerpo de los individuos, este film construye un trayecto narrativo en el que un empresario de un canal pornográfico desarrolla un chip aplicado al cerebro de los consumidores. Así, lo que la película describe de manera explícita es el grado de inserción  de los medios en la vida de las personas. Si el cine moderno instituyó la idea de no inocencia de toda imagen al evidenciar los mecanismos de construcción de la ficción, este film dialoga con esa tradición al volver literal (carnal) las tácticas implementadas por los medios de comunicación en la captación de consumidores.   Apelando nuevamente a una metáfora corporal, la hegemonía de los mass-media es representada mediante una  literal intrusión. Desarrollando un salto cualitativo con relación a aquellas distopías literarias sobre las sociedades de control al estilo del 1984 de Orwell, Cronenberg despliega un nuevo capítulo en el que se impone su visión confrontativa respecto de dichas estrategias llevadas a cabo por un poder que no duda en atravesar la carne (de hecho en nuestro país el film se estrenó con el título de Cuerpos invadidos) para alcanzar sus propósitos de dominación.
Si en The brood la amenaza se asociaba directamente con la familia y los nacimientos, en Scanners el argumento recupera este último tema desde un enfoque distinto. Una droga aplicada a mujeres embarazadas ha creado una generación de individuos –los Scanners- beneficiados con el don de la telepatía. Enfrentados a estos, el relato construye al enemigo materializado en los representantes de la corporación ConSec interesada en capturar a estos hombres para utilizar sus capacidades con vistas al control de la sociedad. La organización dramática es construida de una manera esquemática y tradicional en la que rápidamente se reconocen héroes y villanos (lo que quizás haya sido una de las causas de su éxito entre el público, a diferencia de las anteriores). Asimismo, desde las primeras imágenes el espectador es conducido a identificarse con uno de los bandos, al proponer a los Scanners como víctimas aunque sin recurrir por ello al miserabilismo.
La secuencia del centro comercial con la que se abre el film resulta un ejemplo claro del tipo de trabajo sobre la puesta en escena que caracteriza a David Cronenberg. Scanners se inicia con unas imágenes de textura realista en la que se muestra el shopping y a las personas que circulan por allí. Un corte directo marca el ingreso de un marginal en búsqueda de comida. Frente a la opulencia capitalista del espacio, su condición de paria queda magnificada por los efectos del contraste. En este prólogo, rápidamente se evidencia una tensión que, hasta el momento, se configura como exclusivamente económica. Mientras la cámara acompaña los movimientos del sujeto, se articula el suspense mediante el montaje alterno con las miradas de los transeúntes. Cuando finalmente se dispone a comer los restos de comida que alguien dejó, las miradas se tornan más incisivas. Una mujer explicita su desprecio al intruso. En este punto, cuando la tensión del seudodrama de tintes sociales ha crecido enormemente, Cronenberg hace estallar todo realismo para imponer el artificio. Los movimientos hacen visible la emergencia de poderes sobrenaturales en aquel hombre con el la narración nos ha identificado como espectadores. La telepatía se actualiza en pantalla con toda su carga de violencia liberadora, justiciera, y se dirige contra aquella mujer despreciable haciendo que sufra de convulsiones. A partir de este despegue del realismo, el relato se asume plenamente dentro de las coordenadas de la ciencia ficción. Pero para que esa construcción irreal nos interpele debe dar cabida primero al reconocimiento de un universo identificable. Si la secuencia logra estos objetivos se debe a que Cronenberg maneja a la perfección las herramientas que hacen posible la emergencia de lo siniestro. En sus películas, lo extraño, lo inexplicable, adquiere su dimensión terrorífica en la medida en que aparece bajo un contexto absolutamente familiar.

II.
Si en las primeras películas se desplegaba una perspectiva más claramente separada de la realidad, en  la segunda fase de su producción –iniciada con La zona muerta (1983)- el tratamiento de la imagen tenderá a referir a unos universos cercanos. La emergencia de lo extraño seguirá irrumpiendo con fuerza, aunque en este caso lo hará dentro de unos entornos reconocibles. Sin dudas una película como La mosca tiende a un progresivo enrarecimiento de las coordenadas de identificación conforme el relato avanza alrededor de las mutaciones del protagonista. Pero lo que separa a las historias de Seth Brundle o Johnny Smith –el personaje principal de La zona muerta- de los desenvolvimientos de los sujetos en los films de los setenta, es que en ellas lo ominoso se despliega exclusivamente en el terreno de la intimidad y, en consecuencia, no produce unos efectos en el conjunto de la sociedad. En este sentido, los films de la segunda etapa abandonan el examen de situaciones colectivas y se repliegan en la interioridad de los personajes, haciendo de sus cavilaciones el foco de interés de los relatos. Haciendo un paréntesis: resulta interesante observar que, en el contexto de los primeros años de aparición del SIDA -con toda su carga de paranoia colectiva y desconfianza hacia el otro- sus películas continúen tematizando cuestiones vinculadas a enfermedades pero desde una óptica netamente individual.
Más allá del visible cambio de rumbo, varios de los temas presentes en La mosca revelan una continuidad con sus afinidades previas. Esta película en particular se recorta claramente como un paradigma de las conexiones con el discurso de las ciencias, así como con cierta tradición literaria y artística. Una posible síntesis de estos intereses se observa en el parentesco no explicitado que la obra (como otras, anteriores y posteriores) sostiene con un clásico de la novela de terror como es el Frankenstein de Mary Shelley. Al igual que en la historia de Shelley, en sus películas la imagen del científico queda homologada a la figura romántica del creador único –un artista- que concreta sus descubrimientos ,su obra, en solitario y como gesto desafiante a las leyes de la naturaleza. Idéntico deseo de experimentación radical e innovación unen al Dr. Frankestein con Seth Brundle. Una fijación que, en este último, lo induce a colocarse a si mismo en la posición de conejilo de indias de sus propios ensayos. Siguiendo el precepto de las tragedias griegas –otra filiación posible, aunque aquí lo trágico pierde toda vinculación con algún designio divino-, la concreción de la Hybris o, en  otras palabras, la aparición de la desmesura en el héroe que pretende superar a la naturaleza, es la desencadenante del castigo, la causa de su muerte. Con esta resolución, que se ubica en sintonía con gran parte de los casos en los que su cine alude al discurso científico, se fortalece su visión antipositivista sobre el tema. Como artista de su tiempo, Cronenberg sostiene una mirada fuertemente pesimista que obtura toda posibilidad de confianza en el progreso.
Independientemente del diálogo entablado con estas tradiciones, el film resulta una gran reflexión sobre la decadencia del cuerpo, como también un discurso sobre el amor entendido como un afecto doloroso (tema que aparecerá regularmente en su obra posterior). Además –y es importante no perder esto de vista-, La mosca es una prueba contundente de que es posible hacer un cine masivo y entretenido sin renunciar a la enunciación de las propias obsesiones.
 Su siguiente película profundiza estas búsquedas. Pacto de amor narra el derrotero de dos ginecólogos gemelos (genialmente interpretados por Jeremy Irons) imbuidos en una espiral perturbadora de interrogación sobre la anatomía femenina. En paralelo a estas experiencias sobre el cuerpo que los conducen al desarrollo de una variedad de aparatos con los cuales adentrarse en lo más íntimo de la sexualidad de la mujer, los hermanos constituyen la excusa perfecta para una reflexión sobre la figura del doble como entidad siniestra. La relación que entablan con una de sus pacientes a la cual engañan al aparecer como si fueran uno sólo implica también una vuelta de tuerca sobre las figuraciones de la realidad y el simulacro. Siguiendo esta lógica, se adhiere a la configuración realista el progresivo extrañamiento producto de las investigaciones que los médicos encaran.
La tensión que se establece entre la realidad palpable y aquellas situaciones inexplicables que la desbordan atraviesa toda la filmografía del director. Una dualidad que no sólo configura las líneas principales del relato, sino también el tratamiento figurativo de varios motivos. Si el cuerpo constituye el tema central de su cine, el tipo de representación no escapa a esta lógica que busca una unificación entre lo real y su imagen deformada. En sus películas, los personajes experimentan una multiplicidad de fenómenos asociados a cuestiones físicas.  Injertos, cortes y mutaciones constituyen algunas de las posibilidades de inscripción de los cuerpos en pantalla. Pero aún cuando aquellos malestares aparezcan como alejados de todo horizonte conocido, sus manifestaciones más evidentes se recortan bajo parámetros hiperrealistas. Volviendo a Scanners: La escena más célebre del film –la explosión en primer plano de la cabeza de un personaje- se construye siguiendo este esquema en el que se combina un efecto extraño en un contexto absolutamente natural. En una época en la que aún no se encontraban desarrollados los grandes efectos especiales, las imágenes sobresalen por su autenticidad descarnada.
Por otra parte, las posibilidades de que a alguien le estalle literalmente la cabeza resulta absolutamente imposible dentro de nuestras vivencias –como también lo son el hecho de que alguien se transforme en una mosca gigante o que a una mujer le implanten un micropene en un brazo-. Sin embargo, el grado de verismo, de literalidad utilizado para representar las mutaciones del cuerpo conllevan un efecto de incomodidad producto de su cercanía. Valiéndose de estas estrategias, el cine de Cronenberg, probablemente como el de ningún otro, logra traducir el malestar de los personajes en sensaciones físicas en los espectadores de sus películas.
De lo anterior se desprende casi como una consecuencia natural su deseo realizado de trasladar a la pantalla El almuerzo desnudo de Burroughs. La novela en sí misma se propone como un viaje por las alucinaciones producto del consumo de drogas, como el intento de transmisión de unas emociones intransferibles. Se trata de un conjunto de imágenes inconexas, viscerales, que adquieren su valor en la medida en que golpean directamente al estómago del lector. Contenido y forma resultan ideales para la materialización de unas imágenes revulsivas típicas de la iconografía cronenbergueana. Independientemente de que el libro haya servido de base para la construcción de toda una parafernalia visual extravagante –con insectos gigantes, metamorfosis y muertes-, el film se sirve de estos elementos para ahondar en el discurso sobre los límites entre aquello que conocemos como el mundo real y las alucinaciones y experiencias de la imaginación. De esta manera, Festín desnudo construye una historia en la que se incluyen algunos hechos de la propia vida de Burroughs no presentes en la novela –el fatídico asesinato de su propia mujer, por ejemplo-. Así también, aquellas visiones alucinatorias que aparecen constantemente se articulan y fortalecen dentro de un contexto absolutamente identificable en el que se mueve el protagonista. Nuevamente, entonces, los planos de la realidad y la fantasía se intersectan en las imágenes y de este modo el texto original queda adherido a la poética individual.   
Otros dos films radicalizan estas preocupaciones valiéndose de distintas operaciones en cada caso. En eXistenZ (1999), Jenniffer Jason Leigh interpreta a Allegra Geller, una diseñadora estrella de juegos de realidad virtual. En la presentación de su última obra es asediada por un miembro del público que pretende asesinarla y destruir su creación. Ayudada por Ted Pikul (Jude Law) logra escapar y ambos ingresan al juego para resolver la situación.  Utilizando los recursos básicos del thriller de persecuciones, eXistenZ desarrolla esta historia que, en la medida en que se despliega, tiende a desarticular todo límite entre aquel supuesto mundo “real” de los personajes y el universo imaginario del juego en el que están inmersos. El atractivo de la narración, por lo tanto, resulta de la confusión habilitada por una estructura de cajas chinas en la que termina siendo imposible discernir en qué lugar se encuentran los héroes. M. Butterfly (1993), por su parte, coloca igualmente en primer plano el problema de los límites entre realidad y fantasía, aunque aquí esta cuestión se manifiesta en la subjetividad de su protagonista. El film narra el enamoramiento de René Gallimard, un diplomático francés radicado en China, hacia Cio-Cio San, el personaje femenino de la ópera Madame Butterfly. Mediante la relación que se entabla entre ellos, se abre un juego de enmascaramientos múltiples: la heroína de Puccini es interpretada en realidad por un hombre, que al mismo tiempo oculta bajo esta actividad su condición de espía del gobierno chino. Aunque ambos secretos se develan, persiste el sentimiento en Gallimard. La razón de esto se debe a que su pasión esta dirigida no hacia el hombre sino a la imagen de ficción representada por la heroína operística. Entonces, frente a la caída del disfraz que supone la asunción de la verdad, el protagonista opta por magnificar la fantasía. Su muerte, tal como sucede en la última escena, sólo es posible bajo los influjos de aquella ópera, trazando así el instante en que se concreta la unión definitiva entre el personaje y la obra amada.
Este film ha recibido los mayores dardos por parte de aquellos detractores del cine de Cronenberg. Sin embargo, el modo en que encara la cuestión del amor recuerda a otros trabajos en los que el realizador se ha acercado a este tema. Crash, su film inmediatamente posterior, se manifiesta como una indagación sobre la sexualidad y los vínculos amorosos inspirados bajo el precepto de la disidencia. La pareja protagónica, tras sufrir un accidente automovilístico, inicia una relación íntima. El trauma sufrido –el equivalente en clave años noventa de las enfermedades de sus primeras obras- adquiere una dimensión determinante en la medida en que no sólo posibilita el encuentro entre ambos sino que también funciona como aliciente para alcanzar el goce sexual. Así, los personajes se sienten atraídos por todo lo relacionado a choques, a la velocidad, a las mutilaciones y al dolor.
Con esta película se abre un nuevo capítulo que apunta a la importancia de la tecnología –los autos en este caso- en la conformación de una corporalidad contemporánea. En este sentido, el lugar ocupado por las máquinas se patentiza en las escenas en que los protagonistas descubren que el acto sexual puede experimentarse de una manera radical sólo cuando se ponen en contacto con los automóviles. Así, lo que en un principio se percibía como símbolo de destrucción se resignifica en su opuesto.  Pero también, el realizador se sirve de la repetición del acto traumático fundacional para enlazarlo a otro de sus temas recurrentes: el punto en el que se encuentran y confunden las experiencias vividas con sus representaciones ficticias. El papel jugado por Vaughan, el hombre que monta un espectáculo en el que recrea el accidente en el que muere James Dean, se configura como la instancia clave de la que emerge nuevamente una nueva articulación cinética entre realidad y fantasía. Pero en este caso, a diferencia de lo que ocurría en M Butterfly, es la realidad descarnada de la muerte la que alcanza el status de obra de arte.
Crash genera a su vez conexiones con algunos presupuestos de las vanguardias de principios de Siglo XX. Si el futurismo pretendía una fusión entre el hombre y la máquina, el film se hace eco de esta idea que  retorna incesantemente en el deseo de los personajes. Pero también, en la muerte convertida en espectáculo se intuye una voluntad, también cercana a los postulados de vanguardia, de unión entre el arte y la praxis vital.

III.
En la evolución de su estilo se perfila una última fase en la que se agrupan sus más recientes producciones estrenadas hasta la fecha. En esta etapa la atmósfera de irrealidad desaparece definitivamente haciendo que las historias se desplieguen sobre el trasfondo unos ámbitos reconocibles. Los preceptos de la ciencia ficción se dejan de lado para abordar unas narraciones fundamentalmente a partir de la exposición de la dimensión psicológica de los personajes.
Quizás Spider (2002) se presente como un punto de transición en función de que su relato se estructura como un movimiento oscilatorio entre el presente y la actualización de los recuerdos (no ya las fantasías o alucinaciones) de su protagonista. Nuevamente aquí la experiencia traumática se traduce en locura. La transmisión del dolor es producto de una narración que se adhiere completamente al punto de vista del personaje. Posiblemente se trate del film más difícil del director, en la medida en que también se eliminan los grandes momentos de acción y sólo permanecen las cavilaciones internas. Spider es una obra depurada, ascética, pero no menos obsesiva que las anteriores. El costo de este vuelco radical se tradujo en la dificultad para recuperar el dinero invertido. Su carrera continuará, entonces, por un camino que, sin tomar  distancia de sus inquietudes fundamentales, busca los medios de lograr una repercusión masiva. Una historia de violencia (2005) y Promesas del Este (2007) son, en efecto, sus films más taquilleros y de mayor presupuesto hasta el presente. Y el mérito de esto recae, independientemente de otros factores externos, en las decisiones de puesta en escena, en su pericia al momento de articular una narración sólida mediante unas imágenes potentes. Alejadas de los efectos especiales que abundan en las películas de acción contemporáneas, estas obras se distinguen por una perfecta síntesis entre la exposición de dilemas internos y la manifestación de una carnalidad exasperada. La escena de la pelea en el sauna de Promesas del Este resume este virtuosismo evidenciado en el manejo del tiempo, en el uso de un montaje abrupto y casi musical, y en su habitual capacidad para exhibir con crudeza la violencia sin necesidad de artilugios. El estremecimiento que sentimos al presenciar cómo el héroe atraviesa con un cuchillo el ojo de su contrincante simboliza toda una trayectoria en la que su cine ha buscado shockearnos –al igual que aquel famoso corte del ojo de Un perro andaluz (1928), obra fundacional del surrealismo cuyo legado ha sido bien aprendido por el director- desde la transmisión de una fisicidad sufriente. Nadie como Cronenberg ha podido mostrar con tanta belleza la insoportable finitud del cuerpo humano.

JORGE SALA
PUBLICADO EN LA REVISTA ARTEXTO N 5


[1] En su ensayo Malas y perversos: fantasías en la cultura y el arte contemporáneos,  Linda Kauffman traza una red de artistas constructores de una “antiestética” responsable de impugnar los preceptos que sustentan al canon dominante en la que incluye trabajos sobre los performers mencionados junto a un interesante análisis de la obra del realizador canadiense.
















GRACIAS AL SUEÑO AMERICANO.





William S. Burroughs: A man within [2010]
Dirigida por Yony Leyser – 87 min


William S. Burroughs: A man within (traducible como “un hombre entremedio”) se estrenó en 2010 y llegó a estas latitudes gracias a los festivales de cine independiente. Yony Leyser, en este impresionante trabajo periodístico y de archivo, replantea la figura histórica del escritor y artista polifacético, además de llevar el género documental a un estado máximo de resignificación y pureza.

Por Goyeneche



Toda imagen es un documento. Toda imagen gana, eventualmente, una materialidad. Toda imagen es entonces documental. Toda imagen es pulso de una vida siendo documentada al mismo tiempo que el pulso cobra vida, no importa lo mediocre o histórica que esa vida sea. Pero lo documentado, aquello cuya energía se hace documento, vive eternamente a su vez por fuera de la imagen. Siempre y cuando lo documentado transmita esa energía. Si lo documentado no transmite esa energía, el producto –imagen– carece de potencial histórico. El hecho no se consuma. La acción no existe “eventualmente”. Aunque se proyecte y represente en vacío o loop a lo largo y ancho del océano de salas de cine existentes.
Cuando una vida es el documento y la energía, es decir, lo que básicamente nos interesa, esta vida se convierte en engranaje de la historia. El protagonista hoy y acá, no importa si ya muerto o recién nacido, es William Seward Burroughs. Preferimos –y prefiere– “recién nacido”.

LA CAJA REGISTRADORA

Cuando nos toca hablar de Burroughs, una persona que dudaba profundamente de la representatividad de todo lenguaje y para quien las palabras “nunca serán más que una aproximación”, tenemos que hacerlo necesariamente a través de la imagen o la palabra. No es extraño entonces que haya que recurrir, para no caer en un producto hueco, al único registro inalienable: su cuerpo, su voz, él mismo.
Si analizamos la filmografía que incluye a Burroughs como artista (cualquiera sea su colaboración), vemos que predominan sus actuaciones, interpretaciones o simplemente apariciones antes que cualquier colaboración técnica. También se encuentra mucho material narrado por su voz (destaca la versión remontada de La brujería a través de los siglos, documental original de 1922). Y no acotaremos aquí sobre la multiplicidad de películas basadas en libros suyos, pues ya estaríamos hablando de obras derivadas. Por ahora hablaremos de lo que tiene carne.
Entre las pocas experiencias “dirigidas” por él, se encuentran sus famosos Cut ups de 1966, donde Burroughs se monta a sí mismo, demostrando cómo los avances técnicos también producen avances sobre el espíritu, cómo al montar una película en una moviola se está también trabajando con fragmetnos del espíritu. Este material fue inspirado, al igual que muchas de sus obras literarias, por Brion Gysin, artista plástico y conceptual contemporáneo y amigo de Burroughs, a quien debe muchas de sus técnicas y experimentos. The cut ups fue pensado como un experimento conceptual, literario, sonoro y visual en simultáneo, así que técnicamente no se puede decir que Burroughs lo haya “dirigido” como generalmente se dice de un cortometraje. La forma cortometraje es lo anecdótico de la obra.
Tampoco podemos pasar por alto una película difícil de conseguir filmada ese mismo año, dirigida por Conrad Rooks, con fotografía y cámara del talentoso Robert Frank. La película se llama Chappaqua y últimamente fue redescubierta por algunos coleccionistas e investigadores. En ella Burroughs interpreta a una suerte de consigliere psicodélico que se aparece únicamente en las visualizaciones tanto por los efectos de las sustancias como por la abstinencia que sufre el protagonista, interpretado por el mismo Conrad Rooks. Chappaqua, que mantiene una línea estética ubicada nebulosamente entre la ficción y la realidad, entre la representación y el pulso vivo, es uno de los documentos vivos más importantes en que vemos a Burroughs tomado en estado puro, en el clímax artístico del movimiento beatnik.

REFLEJOS DE UN VIRUS

Una de las secuencias más fuertes que podemos ver en el documental es una charla entre él y Allen Ginsberg, ya viejos, debatiendo sobre los orígenes del movimiento beat. Ante la pregunta de Ginsberg “¿Qué fue el movimiento beatnik para vos?”, Burroughs contesta: “Un movimiento sociológico más que literario, que en los años 60 se volvió político”. Y Ginsberg acota: “Un movimiento de liberación espiritual”. No es poco sumar estas dos visiones. Imagen que vuelve del pasado hablando del pasado, dejando al descubierto el engranaje que más piezas ha movido en el imaginario social estadounidense anterior a otros movimientos que se pueden incluso considerar posibilitados por éste: el movimiento hippie y posteriormente la avanzada punk.
Hay un año de ruptura: 1966. No sólo por la aparición de los dos registros audiovisuales más poderosos relacionados con Burroughs que antes mencionamos (The cut ups y Chappaqua). También ese año fue espectador del último juicio en Estados Unidos por causas de censura literaria. El libro que había recibido los que por suerte serían los últimos pedidos de censura avalada estatalmente era, otra vez el diablo metía la cola, The naked lunch, obra emblemática de William Burroughs. Un libro que modificaría la historia del mundo, justamente escrito luego de un acto llamativo que marcaría la vida del escritor: la muerte de su esposa Sara. Una muerte que, a su vez, ponía en duda todo un sistema jurídico de castigos, ya que además de por accidente, la muerte se había producido en un juego propuesto por la asesinada misma. La ley, ya lo sabemos, no es de sentarse a escuchar y por este accidente el escritor huiría a México y luego a Tánger, Marruecos, donde escribiría ésta, su mayor obra, El almuerzo desnudo. Marcada a fuego por no uno sino dos delitos, esta obra es la madre de William Burroughs. En los registros incluso hay imágenes (materia, energía viva) que van más allá de este acontecimiento, hay la voz de Burroughs diciendo: “Si no hubiese sido por la muerte de Sara, nunca me hubiera convertido en escritor”.

ETIQUETAS INTELIGENTES

Anarquía es una palabra que no encaja. Ruptura de clasificaciones... Engranaje que moviliza los paradigmas, por ende la historia. Deconstructor de etiquetas.
Cuando se le pregunta a Burroughs, en una entrevista antigua, qué piensa de su incidencia en el movimiento de liberación gay, su respuesta es violentamente categórica: “No he sido gay ningún día de mi vida y no he sido jamás parte de ningún movimiento”. Con esto tenemos jugo puro de por qué la experiencia Burroughs pudo movilizar a nivel social y humano la historia yanqui. Él no se dejó mover por ningún tipo de categorización, prejuicio, ni intentos de aislamiento o discriminación. El movimiento beatnik eran él y otras personas, sí. Pero él no era el contenido de ningún movimiento, ya que no pueden enclaustrarse los ideales que movilizan a la acción. Así como ningún signo puede anestesiar o aniquilar por encierro a un significado. Así como ninguna imagen nos trae de vuelta al hombre que dio vida a esos ideales y se jugó en cuerpo lo que significaba ser y no ser cualquier etiqueta (beatnik, gay, drogadicto).
No puede decirse, ni siquiera hoy, que Burroughs haya sido gay o beatnik o drogadicto. Así como tampoco se lo puede llamar escritor y cualquier etiqueta suena ridícula antepuesta a su persona. Peter Weller, actor que lo interpreta en la versión de Cronemberg de El almuerzo desnudo, lo pone así en palabras: “Deconstructor de etiquetas para no poder ser marginado”. Si no existe el acto marginador en el campo del lenguaje, no existirá en el campo social y menos en el humano o espiritual. Burroughs era extremadamente consciente de esto y es también uno de los postulados más claros del documental de Yony Leyser.
La incidencia de los impulsos inconscientes en la realidad es palpable. En una conferencia, escuchamos esta frase: “Es siempre un problema ser receptivo y a la vez saber defenderte de ataques e influencias”. Así también, el espíritu es muy influenciable por las etiquetas, y Burroughs lo tenía presente.
En este sentido, el documental es un género que jamás debe ser reducido a producto. No funciona para las distribuidoras, no funciona para las salas comerciales, no funciona para aplicarle los avances de la técnica (en teoría, obviamente). Es cierto, es un género que no funciona por estar siempre lindando con la ruptura de los límites. Estar “entremedio”, sobre o fuera de los límites se convierte en lo mismo. La pureza de un contenido es inalienable. Y en eso debe basarse el concepto documental. No funcionaría para los grandes grupos de distribución comercial, estar dándole a su público toda información que se contradice con los modelos comerciales y de reproducción que mantienen el negocio vivo. Por esto, el documental fue rápidamente corrido del circuito global de distribución y tuvo que reproducirse cerca del piso o muchas veces por debajo.
Esta obra de Yony Leyser, como venimos diciendo, cumple y dignifica. Podría enmarcarse a simple vista como un documental más, pero dicha apreciación nos dejaría inevitablemente una sensación de terrible vacío; no concuerda con el cuerpo y el pulso de la vida de Burroughs ni con el proyecto de Leyser.
La crítica de este y cualquier documental se vuelve inútil. Sólo se puede estar de acuerdo o no –ideológicamente– con un cúmulo de información que no es traida. El poder y la entereza del mateiral continúan horadando, en este preciso instante, los límites; difuminando la separación entre ficción y realidad, entre representación y pulso; deshaciendo las maquinarias imperfectas construidas sobre la representatividad de las cosas. Anestesiando toda crítica vacua, sacando de la historia todo comentario vago y discriminatorio que se hizo sobre su persona, su obra y su tiempo, cad a segmento de este registro histórico es revolucionario: forma parte de la recapitulación espiritual que necesita el mundo.
La obsesión por la sociedad de control, otro tema recurrente en la obra de Burroughs, graficado en el documental como otro de los temas basamentales, no escapa tampoco a esta lógica. Hoy, que el proyecto de ley SOPA y otros sucesos pusieron sobre la mesa del cirujano los derechos de autor y conceptos como piratería o ilegalidad, ¿qué sentido tendría no dejar a libre visualización este tipo de material? ¿Qué sentido tendría invertir en publicidad de cualquier tipo de material así? Habría que salir a promocionar la vida en todo caso; difundir la experimentación, la no-clasificación ajenizante de los actos; buscar la purificación o muerte de la crítica y, por último, encontrar la esterilización definitiva del virus lingüístico.
La obra de este hombre sigue viva, porque lucha contra todas las formas de muerte, aún recién nacida después de su propio perecer. Yony Leyser trabajó para acercarnos esta concepción de la vida. A través de todos los protagonistas, amigos, conocidos, intelectuales, estudiosos, investigadores, cineastas, actores y, sobre todo, artistas mundialmente reconocidos, levantamos una defensa inexpugnable de la obra de William Seward Burroughs.
Dice Burroughs, apoyado en su hermana menor, la ironía: “Muchacho, ¿qué hacés ahí con los negros y los monos? ¿Por qué no te enderezás y actuás como un hombre blanco?”. Será que actuar como un hombre blanco hace siglos que no da resultados. Toda representación, todo disfraz, todo acto que no es pulso fidedigno, nos saca la energía que los monos necesitan. A fin de cuentas somos animales con espíritu.

Sebastián Goyeneche

PUBLICADO EN LA REVISTA ARTEXTO N5




lunes, 12 de noviembre de 2012

MANIFIESTO PARTIDO INDIO DE BOLIVIA





MANIFIESTO Partido Indio de BoliviaHe Aquí el primer documento de guerra que la América India en boca rebelde de Bolivia lanza al mundo. El largo y ominoso silencio que impuso la dominación extranjera muere en las vibrantes palabras de este Manifiesto. Es cierto que la raza de Manco Cápac, la del Tawantinsuyu estuvo callada por el peso del oprobio y la indignidad.
Pero ahora habla. Habla con lenguaje propio, categórico, con sangre y corazón. Su voz es la acción penetrante de la tierra hecha hombre combatiente. Es la voz de una raza vital y henchida, cargada de dinamita y poderío. Habla, pues, la voz de la vieja América asomada hoy en el drama de sus hijos discriminados, en la pujanza de sus hijos salvados de la atroz pesadilla. Este es el grito sagrado de una Nación vital, de un pueblo que jamás dejó de pelear, que jamás reconoció la derrota, porque no hubo derrota: hubo retirada frente a la salvaje ocupación extranjera, europea, imperial y conquistadora.
Habla en guerra la América India a través de la guerra total que declara el Partido Indio de Bolivia. Porque ninguna raza más autorizada en América y en el Mundo que la raza india para reiniciar la guerra santa contra todo lo que es y significa la raza blanca. Cuatrocientos años de espantoso e inenarrable dolor le dan a la raza india el fuero justo para declarar la guerra total a nombre de todas las razas de color del mundo. Es, desde esa orgullosa altura, desde ese incontenible mundo de responsabilidad histórica que habla hoy, en este grande Manifiesto, a nombre de la inmortal América India. Su mismo drama hecho coraje imbatible por estar vecino del cielo le da legitimidad para izar sus banderas de guerra a muerte, porque en Bolivia se desterró al hombre en su misma tierra, se le pateó como a bestia, se le masacró creyéndole cadáver para siempre; es, entonces, desde su retorno, desde su vida resurrecta, que ha templado su garra y endurecido su cuerpo para iniciar, definitivamente, con este Manifiesto, el ataque final contra la nefasta y corrompida cultura occidental.
A nombre de la raza india de América entera es que el Partido Indio de Bolivia decreta abiertamente la guerra total contra la raza blanca, porque ella no es solo el insultante color de piel blanca, sino un agraviante y cobarde estilo de vida donde el robo es virtud que se premia y el crimen negocio que se condecora. La raza blanca no es simplemente una raza como las demás, sino que es una distinta, no humana, creadora de la guerra y de la propiedad privada. Inventora de la jerarquización social, de las crisis, del ataque a sangre y fuego, raza fetichista, hipócrita, hecha mentira desde su nacimiento, caminando entre mentiras y falsedades durante su torva existencia. Hay, pues, que matarla y destruirla para que nunca más asome la mentira hecha raza!
No es este Manifiesto un irascible grito de locura racista, ni es su dinámica únicamente la liquidación física de la raza blanca como poder social, político y económico, no; esta es una guerra contra todo lo que significa cultura occidental, en cuyo fondo y en su proyección la raza blanca asoma rectora putrefacta. Como la historia de la humanidad ha sido lacerada por la presencia de esa diabólica raza, hay que pulverizar su historia. ¡Quién no recuerda que a nombre de su solitario y onánico Dios asesinó en solo quinientos años, quinientos millones de seres humanos, en el más espantoso genocidio de todos los tiempos? Fueron millones y millones de africanos, asiáticos e indios americanos que cayeron aniquilados por la “fiera rubia”!!!
La historia de la humanidad entera es la historia impuesta a sangre y fuego –por la cruz y por la espada- por la tenebrosa e insolente raza blanca. Nada hay que la salve, por eso resulta maldita. Hacerle la guerra total –no racista solamente- es servir a la población terrestre, la misma que está abrumadoramente integrada por una mayoría de razas de color!
No es esta entonces una guerra simple, una guerra sólo para matar blancos, no; esta es una raza sin piedad, sin tregua, sin descanso contra todo lo que significa su religión, su cultura, su economía, su moral, su vida, todo.
Los indios de América, los hombres de color que se salvaron de la infamia y de la corrupción apoyan este gran Manifiesto del Partido Indio de Bolivia, porque es su avanzada teórica para la inmediata captura del poder para, desde arriba, ejecutar la total liquidación de la raza blanca como fuerza de opresión constante, oponiéndole nuestro estilo de vida comunera, más justo por nuestro, más sano por indio, más inmortal por colectivo y cósmico.
Porque necesitamos dar al mundo el mensaje entero y global de la raza india es que hay que liquidar a la maldita raza blanca, porque sólo así daremos paso a una América India y Comunera, libre y creadora.
Se inicia pues la gran guerra. Esta es una guerra santa. Una guerra del Partido Indio de Bolivia a nombre de una América India hecha raza de color por todo el mundo.
Este es nuestro asalto final: EL PODER INDIO O LA MUERTE!!!

Carlos Miranda García
Lima, Noviembre. 1969.

martes, 28 de agosto de 2012

UN HOMBRE MUERE AL OTRO LADO



De Facundo Agrelo.



Espacio Polonia. Fitz Roy 1477, CABA; Viernes 23:00 hs.
Actúan: Mariana Cavilli y Enzo Ordeig.
Dirección: Facundo Agrelo.
Escenografía y Producción: Solo x hoy.
Iluminación: Alejandro Le Roux.
Diseño sonoro: Martín Berra.




La vida cotidiana, la aparente vida rutinaria y tranquila de día de semana, puede trasladarnos a lugares poco conocidos. No me refiero a la frecuencia de los posibles extraños acontecimientos; tampoco a una cuestión de voluntad humana, de sencilla decisión de querer o no querer. Simplemente, el mundo de la fantasía está ahí. Nos acecha por debajo de la mesita ratona del living sin saberlo. Estamos a merced de la fabulación como animalitos desamparados. No queda de otra. Tal parece ser que ésta se constituye y se despliega en el proceso recursivo de las acciones de la cotidianeidad como el remedio para escapar de tal rutinización; como la defensa fantástica para evadir los problemas; como el medio justo para olvidarse que estamos en este, y no otro, si es que existe, mundo desigual. Al menos, eso es uno de los aspectos que nos muestra Ana, o que nos muestra Max. Situados en una pequeña sala de estar, en una de esas con sillones más o menos cómodos, revistas, mesa y sillas, ambos, nuestros personajes, subsumidos en penumbras y en la vorágine de los esquemas, deciden descargar parte de sus reservas de energía en una actividad tan ilusoriamente pacífica como leer el diario o mirar las noticias por televisión. Ahí sobreviene el delirio: en un sinfín de diálogos y acciones concatenados, ellos se preguntan y cuestionan a sí mismos una y otra vez, se provocan el uno con el otro, se persiguen en posibles interrogantes sin respuesta coherente, sensata y certera.
 Fantasía deriva del vocablo griego phantázein: volver visible. Inmediatamente después del despegue mágico de Ana y, permaneciendo en simultáneo como clave que liga toda la narración, sobreviene la construcción de las imágenes. Esas que no pueden evitarse erigir tan fácilmente como castillos de arena, esas que no podemos dejar de etiquetarlas como propias, esas que surgen a borbotones de nuestras cabezas para luego constituirse como entidades casi independientes. Cobran formas por sí mismas, se despegan de la mente que les dio origen y, tal como si fuera poco, continúan desarrollandose espacio-temporalmente en el devenir y el acaecer de eventos-en-el-mundo. Ana comienza la ensoñación y el remolino precipitoso de pensamientos. ¿Cómo llegamos a alojar en nuestra conciencia la idea de “si hubiera hecho esto, no hubiera sucedido tal otra” o de “si yo hubiera estado ahí, no habría acontecido esto”? ¿Acaso realmente el ser humano es tan omnipotente como para evitar que las cosas pasen? Si cierto sentido común nos recuerda que los hechos solamente suceden por razones históricas profundas y no evidentes y, al menos en parte, independientemente de nuestro control y voluntad, individual, acotado y finito;  ¿por qué continuamos sintiendo tal omnipotencia ególatra?
En medio de escenas cortas pero extraordinariamente sintéticas en contenido, siguiendo la historia entre entradas y salidas coordinadas de ambos personajes, disfrutando climas y matices interpretativos de calidad; es raro que, en algún punto, no nos sintamos identificados con Un hombre muere al otro lado del mundo. Si es que, entre itinerarios y tierras medievales desconocidas en Polonia, ellos nos trasladan al maravilloso y peligroso mundo de la imaginación, nos deslumbran en medio de la humareda de ideas fantásticas, nos remiten al límite de la ensoñación y la realidad. Solamente pienso en una cuestión,…¿hay límite?

Jessica Guarrina

martes, 21 de agosto de 2012

DISCURSO DE LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA.




Ningún bien veo en el hecho de tener varios señores, que uno y nadie mas sea el amo, y que uno solo sea el rey, esto cuenta Homero que decía Ulises al hablar en publico.
Si no hubiera dicho mas que eso, que ningún bien veo en el hecho de tener varios señores,
Habría estado tan bien como ninguna otra cosa: más para hablar razonablemente había que expresar que la dominación de varios no podía ser buena, por cuanto el poder de uno solo, desde el momento que toma ese titulo de amo, es duro e insensato: sin embargo, fue a poner todo al revés.
Que uno y nadie más sea el amo, y que uno solo sea el rey.
Seria menester, empero, disculpar a Ulises, el que posiblemente se viera en la necesidad de utilizar tal lenguaje para apaciguar la revuelta del ejército, y creo su propósito al adecuarse más por lo cual imagino su propósito fuera el adecuarse más a las circunstancias que a la verdad.
Pero a conciencia, es una desgracia inaudita verse sujeto a su amo de quien jamás puede uno garantizar que sea bueno, puesto que siempre estará dentro de sus posibilidades el ser malo cuando eso le venga en gana y si tiene uno o varios amos, tantos tiene, tantas veces será extremadamente desgraciado.
Si no quiero ahora debatir esta cuestión tan meneada , que las otras formas de república sean mejores que la monarquía , antes de poner en duda que rango debe poseer la monarquía entre las repúblicas me gustaría saber si debe tener alguno ; porque  difícil resulta creer que haya nada publico en este gobierno donde todo es 1.
De momento , solo quería comprender como es posible que tantos hombres , tantas ciudades , tantas naciones padezcan a veces a un solo tirano , que solo tiene la autoridad que ellos le prestan ; que no tiene poder para perjudicarlos , salvo en la medida que quieran padecerlo : que no puede hacerles daño alguno, de no ser cuando prefieran padecerlo , mas que contradecirlo.Cosa inaudita , por cierto, y sin embargo tan común que mas bien es menester lamentarlo que sorprenderse con el cuello bajo el yugo ,no obligados por una fuerza mayor sino (al parecer) encantados y fascinados por el solo nombre de uno , de quien no debe  temer su fuerza puesto que esta solo, ni amar sus cualidades por hallarse en ese lugar inhumano y salvaje.
La debilidad de nosotros, hombres, es tal que a menudo es menester que obedezcamos a la fuerza; preciso es temporizar, no siempre podemos ser los mas fuertes, Por lo consiguiente, si una nación, por la fuerza de a guerra, se ve obligada a servir a uno, como la ciudad de Atenas a los treinta tiranos . No hay que asombrarse que este sometida, sino deplorar el accidente, o mas bien, no asombrarse ni deplorar,
Sino padecer el mal con paciencia, y en lo venidero prepararse para una mejor fortuna,
Nuestra naturaleza esta hecha de tal modo que los deberes comunes de la amistad se llevan una buena parte del curso de nuestra vida: es muy natural amar la virtud, estimar las buenas acciones, agradecer el bien recibido y menguar nuestro bienestar para aumentar el honor y los beneficios de aquellos a quienes uno ama y lo merecen.
Así, pues, si los habitantes de un país hallaron algún gran personaje que haya dado muestras de una gran previsión en procura de su cuidado , una gran audacia para defenderlos , un gran esmero para gobernarlos; si a partir de ahí se acostumbran a obedecerle , y a fiarse de el al punto de concederle algunas ventajas , no se si seria actuar con cordura moverlo del lugar donde hacia un bien para llevarlo al sitio donde podría actuar de tal modo ; pero ciertamente seria muy natural sentir bondad y no temer el mal de aquel de quien solo el bien se ha recibido.
Mas ¡ OH Dios santo ¡ ¿Que puede eso significar ? Qué nombre le daremos  
¿Cuál es la desgracia? 
¿ No es vergonzoso ver a una infinita cantidad de personas , no obedecer , 
sino someterse ; no ser gobernadas ,sino tiranizadas , sin poseer ni bienes , ni padres ,
 mujeres ni hijos ni su propia vida que les pertenezca , 
que padecen los saqueos , los libertinajes , la crueldades , 
no de un ejercito ni tampoco de una horda de bárbaros
 contra los cuales Seria menester defender su vida al precio de su propia sangre , sino de uno solo ;
 no de un Hércules o un Sansón , sino de un solo hombre ,
 y las mas de las veces el mas cobarde y afeminado de la nación ;
 no acostumbrado al polvo de las batallas , 
sino a duras penas a la arena de los torneos , no aquel que por la fuerza pueda capitanear a los hombres , 
sino quien es incluso incapaz de satisfacer a cualquier mujercita 
¿ Llamaremos a eso cobardía ?
dimos acaso que son cobardes e infames a aquellos que se someten a un yugo semejante
 ¿ Si dos , o tres , o cuatro no se defienden de uno , es extraño , pero sin embargo posible ; 
en justicia podrá echarse la culpa a la debilidad del corazón .
Pero cuando cien , cuando mil padecen por uno solo ,
 ¿no seria menester decir que no quieren , que no se atreven a emprenderla contra el ,
 y que no se trata de cobardía sino mas bien de desprecio o desden ?
En cualquier vicio , empero , hay naturalmente un limite , mas allá del cual no se puede pasar ; 
que dos y hasta diez puedan temer a uno , eso es posible ; pero que mil , que un millón , 
que mil ciudades no se defiendan de uno , no es tal cosa cobardía , 
que no llega hasta ahí , así como tampoco es valentía que uno solo escale una fortaleza , 
o asalte un ejercito , o conquiste un reino.
Así, pues ¿Qué vicio monstruoso es este, que ni siquiera merece el titulo de cobardía, que no somos capaces de encontrar un nombre de suficiente fealdad, que la naturaleza niega haber engendrado,
 y que la lengua rechaza nombrar?
Póngase de un lado a cincuenta mil hombres en armas, otros tantos del otro, alístenselos en orden de batalla y vayan a juntarse, unos libres y que combaten por su libertad, los otros para arrebatárselas: ¿quienes creéis que lograran la victoria? ¿Cuáles habrán de ir con mayor gallardia a la lid, aquellos que como resultado de sus penas esperan el mantenimiento de su libertad, o aquellos que, de los golpes que dan o reciben, no pueden esperar otra cosa que la servidumbre?
Aquel que tanto os domina no tiene mas que dos ojos, no tiene mas que dos manos, que un cuerpo ,no otra cosa que lo que posee el hombre mas miserable del grande e infinito numero de nuestras ciudades , de no ser los medios que vosotros le dais para destruirnos , de donde saco tantos ojos con que os espías, sino sois vosotros quien se lo habéis dado?
Decidíos a dejar de estar sometidos. No pretendo que lo empujéis o lo sacudáis, sino tan solo que dejéis de lo, y veréis que, cual un gran coloso a quien se sustrajo su base, por su propio peso, se derrumbara y se romperá, Y ya os veréis LIBRES.
Pero entonces yo preguntaría : si por ventura nacieran hoy alguna gente totalmente nueva , ni acostumbrados al sometimiento , ni engolosinados con la libertad, y no supiesen nada de uno u otra , ni siquiera su nombre ? 

SI SE LES PREGUNTARA QUE PREFIEREN, SER SIERVOS O LIBRES ¿ QUE ELEGIRÍAN ?
NO SE PUEDE CREER COMO EL PUEBLO EN CUANTO ES SOMETIDO CAE EN UN OLVIDO TAN GRANDE DE LA LIBERTAD SIRVIENDO DE TAN BUENA GANA QUE DIRIASE QUE NO PERDIÓ SU LIBERTAD SINO QUE GANO SU SERVIDUMBRE.

ETTIENNE DE LA BOETIE
 AÑO 1577  FRANCIA



miércoles, 15 de agosto de 2012

EL NIÑO PROLETARIO


Desde que empieza a dar sus primeros pasos en la vida, el niño proletario sufre las consecuencias de pertenecer a la clase explotada. Nace en una pieza que se cae a pedazos, generalmente con una inmensa herencia alcohólica en la sangre. Mientras la autora de sus días lo echa al mundo, asistida por una curandera vieja y reviciosa, el padre, el autor, entre vómitos que apagan los gemidos lícitos de la parturienta, se emborracha con un vino más denso que la mugre de su miseria.
 Me congratulo por eso de no ser obrero, de no haber nacido en un hogar proletario.
 El padre borracho y siempre al borde de la desocupación, le pega a su niño con una cadena de pegar, y cuando le habla es sólo para inculcarle ideas asesinas. Desde niño el niño proletario trabaja, saltando de tranvía en tranvía para vender sus periódicos. En la escuela, que nunca termina, es diariamente humillado por sus compañeros ricos. En su hogar, ese antro repulsivo, asiste a la prostitución de su madre, que se deja trincar por los comerciantes del barrio para conservar el fiado.
 En mi escuela teníamos a uno, a un niño proletario.
 Stroppani era su nombre, pero la maestra de inferior se lo había cambiado por el de ¡Estropeado! A rodillazos llevaba a la Dirección a ¡Estropeado! cada vez que, filtrado por el hambre, ¡Estropeado! no acertaba a entender sus explicaciones. Nosotros nos divertíamos en grande.
 Evidentemente, la sociedad burguesa, se complace en torturar al nino proletario, esa baba, esa larva criada en medio de la idiotez y del terror.
 Con el correr de los años el niño proletario se convierte en hombre proletario y vale menos que una cosa. Contrae sífilis y, enseguida que la contrae, siente el irresistible impulso de casarse para perpetuar la enfermedad a través de las generaciones. Como la única herencia que puede dejar es la de sus chancros jamás se abstiene de dejarla. Hace cuantas veces puede la bestia de dos espaldas con su esposa ilícita, y así, gracias a una alquimia que aún no puedo llegar a entender (o que tal vez nunca llegaré a entender), su semen se convierte en venéreos niños proletarios. De esa manera se cierra el círculo, exasperadamente se completa.

 ¡Estropeado!, con su pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo y los periódicos bajo el brazo, venía sin vernos caminando hacia nosotros, tres niños burgueses: Esteban, Gustavo, yo.
 La execración de los obreros también nosotros la llevamos en la sangre.
 Gustavo adelantó la rueda de su bicicleta azul y así ocupó toda la vereda. ¡Estropeado! hubo de parar y nos miró con ojos azorados, inquiriendo con la mirada a qué nueva humillación debía someterse. Nosotros tampoco lo sabíamos aún pero empezamos por incendiarle los periódicos y arrancarle las monedas ganadas del fondo destrozado de sus bolsillos. ¡Estropeado! nos miraba inquiriendo con la cara blanca de terror
 oh por ese color blanco de terror en las caras odiadas, en las fachas obreras más odiadas, por verlo aparecer sin desaparición nosotros hubiéramos donado nuestros palacios multicolores, la atmósfera que nos envolvía de dorado color.
A empujones y patadas zambullimos a ¡Estropeado! en el fondo de una zanja de agua escasa. Chapoteaba de bruces ahí, con la cara manchada de barro, y. Nuestro delirio iba en aumento. La cara de Gustavo aparecía contraída por un espasmo de agónico placer. Esteban alcanzó un pedazo cortante de vidrio triangular. Los tres nos zambullimos en la zanja. Gustavo, con el brazo que le terminaba en un vidrio triangular en alto, se aproximó a ¡Estropeado!, y lo miró. Yo me aferraba a mis testículos por miedo a mi propio placer, temeroso de mi propio ululante, agónico placer. Gustavo le tajeó la cara al niño proletario de arriba hacia abajo y después ahondó lateralmente los labios de la herida. Esteban y yo ululábamos. Gustavo se sostenía el brazo del vidrio con la otra mano para aumentar la fuerza de la incisión.
 No desfallecer, Gustavo, no desfallecer.
 Nosotros quisiéramos morir así, cuando el goce y la venganza se penetran y llegan a su culminación.
 Porque el goce llama al goce, llama a la venganza, llama a la culminación.
 Porque Gustavo parecía, al sol, exhibir una espada espejeante con destellos que también a nosotros venían a herirnos en los ojos y en los órganos del goce.
 Porque el goce ya estaba decretado ahí, por decreto, en ese pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo gris, mugriento y desflecado.
 Esteban se lo arrancó y quedaron al aire las nalgas sin calzoncillos, amargamente desnutridas del niño proletario. El goce estaba ahí, ya decretado, y Esteban, Esteban de un solo manotazo, arrancó el sucio tirador. Pero fue Gustavo quien se le echó encima primero, el primero que arremetió contra el cuerpiño de ¡Estropeado!, Gustavo, quien nos lideraría luego en la edad madura, todos estos años de fracasada, estropeada pasión: él primero, clavó primero el vidrio triangular donde empezaba la raya del trasero de ¡Estropeado! y prolongó el tajo natural. Salió la sangre esparcida hacia arriba y hacia abajo, iluminada por el sol, y el agujero del ano quedó húmedo sin esfuerzo como para facilitar el acto que preparábamos. Y fue Gustavo, Gustavo el que lo traspasó primero con su falo, enorme para su edad, demasiado filoso para el amor.
 Esteban y yo nos conteníamos ásperamente, con las gargantas bloqueadas por un silencio de ansiedad, desesperación. Esteban y yo. Con los falos enardecidos en las manos esperábamos y esperábamos, mientras Gustavo daba brincos que taladraban a ¡Estropeado! y ¡Estropeado! no podía gritar, ni siquiera gritar, porque su boca era firmernente hundida en el barro por la mano fuerte militari de Gustavo.
  A Esteban se le contrajo el estómago a raíz de la ansiedad y luego de la arcada desalojó algo del estómago, algo que cayó a mis pies. Era un espléndido conjunto de objetos brillantes, ricamente ornamentados, espejeantes al sol. Me agaché, lo incorporé a mi estómago, y Esteban entendió mi hermanación. Se arrojó a mis brazos y yo me bajé los pantalones. Por el ano desocupé. Desalojé una masa luminosa que enceguecía con el sol. Esteban la comió y a sus brazos hermanados me arrojé.
Mientras tanto ¡Estropeado! se ahogaba en el barro, con su ano opaco rasgado por el falo de Gustavo, quien por fin tuvo su goce con un alarido. La inocencia del justiciero placer.
 Esteban y yo nos precipitamos sobre el inmundo cuerpo abandonado. Esteban le enterró el falo, recóndito, fecal, y yo le horadé un pie con un punzón a través de la suela de soga de alpargata. Pero no me contentaba tristemente con eso. Le corté uno a uno los dedos mugrientos de los pies, malolientes de los pies, que ya de nada irían a servirle. Nunca más correteos, correteos y saltos de tranvía en tranvía, tranvías amarillos.
 Promediaba mi turno pero yo no quería penetrarlo por el ano.
    —Yo quiero succión —crují.
 Esteban se afanaba en los últimos jadeos. Yo esperaba que Esteban terminara, que la cara de ¡Estropeado! se desuniera del barro para que ¡Estropeado! me lamiera el falo, pero debía entretener la espera, armarme en la tardanza. Entonces todas las cosas que le hice, en la tarde de sol menguante, azul, con el punzón. Le abrí un canal de doble labio en la pierna izquierda hasta que el hueso despreciable y atorrante quedó al desnudo. Era un hueso blanco como todos los demás, pero sus huesos no eran huesos semejantes. Le rebané la mano y vi otro hueso, crispados los nódulosfalanges aferrados, clavados en el barro, mientras Esteban agonizaba a punto de gozar. Con mi corbata roja hice un ensayo en el coello del niño proletario. Cuatro tirones rápidos, dolorosos, sin todavía el prístino argénteo fin de muerte. Todavía escabullirse literalmente en la tardanza.
Gustavo pedía a gritos por su parte un fino pañuelo de batista. Quería limpiarse la arremolinada materia fecal conque ¡Estropeado! le ensuciara la punta rósea hiriente de su falo. Parece que ¡Estropeado! se cagó. Era enorme y agresivo entre paréntesis el falo de Gustavo. Con entera independencia y solo se movía, así, y así, cabezadas y embestidas. Tensaba para colmo los labios delgados de su boca como si ya mismo y sin tardanza fuera a aullar. Y el sol se ponía, el sol que se ponía, ponía. Nos iluminaban los últimos rayos en la rompiente tarde azul. Cada cosa que se rompe y adentro que se rompe y afuera que se rompe, adentro y afuera, adentro y afuera, entra y sale que se rompe, lívido Gustavo miraba el sol que se moría y reclamaba aquel pañuelo de batista, bordado y maternal. Yo le di para calmarlo mi pañuelo de batista donde el rostro de mi madre augusta estaba bordado, rodeado por una esplendente aureola como de fingidos rayos, en tanto que tantas veces sequé mis lágrimas en ese mismo pañuelo, y sobre él volqué, años después, mi primera y trémula eyaculación.
Porque la venganza llama al goce y el goce a la venganza pero no en cualquier vagina y es preferible que en ninguna. Con mi pañuelo de batista en la mano Gustavo se limpió su punta agresiva y así me lo devolvió rojo sangre y marrón. Mi lengua lo limpió en un segundo, hasta devolverle al paño la cara augusta, el retrato con un collar de perlas en el cuello, eh. Con un collar en el cuello. Justo ahí.
 Descansaba Esteban mirando el aire después de gozar y era mi turno. Yo me acerqué a la forma de ¡Estropeado! medio sepultada en el barro y la di vuelta con el pie. En la cara brillaba el tajo obra del vidrio triangular. El ombligo de raquítico lucía lívido azulado. Tenía los brazos y las piernas encogidos, como si ahora y todavía, después de la derrota, intentara protegerse del asalto. Reflejo que no pudo tener en su momento condenado por la clase. Con el punzón le alargué el ombligo de otro tajo. Manó la sangre entre los dedos de sus manos. En el estilo más feroz el punzón le vació los ojos con dos y sólo dos golpes exactos. Me felicitó Gustavo y Esteban abandonó el gesto de contemplar el vidrio esférico del sol para felicitar. Me agaché. Conecté el falo a la boca respirante de ¡Estropeado! Con los cinco dedos de la mano imité la forma de la fusta. A fustazos le arranqué tiras de la piel de la cara a ¡Estropeado! y le impartí la parca orden:
    —Habrás de lamerlo. Succión—
 ¡Estropeado! se puso a lamerlo. Con escasas fuerzas, como si temiera hacerme daño, aumentándome el placer.
  A otra cosa. La verdad nunca una muerte logró afectarme. Los que dije querer y que murieron, y si es que alguna vez lo dije, incluso camaradas, al irse me regalaron un claro sentimiento de liberación. Era un espacio en blanco aquel que se extendía para mi crujir.
    Era un espacio en blanco.
    Era un espacio en blanco.
    Era un espacio en blanco.
 Pero también vendrá por mí. Mi muerte será otro parto solitario del que ni sé siquiera si conservo memoria.
 Desde la torre fría y de vidrio . De sde donde he con templado después el trabajo de los jornaleros tendiendo las vías del nuevo ferrocarril. Desde la torre erigida como si yo alguna vez pudiera estar erecto. Los cuerpos se aplanaban con paciencia sobre las labores de encargo. La muerte plana, aplanada, que me dejaba vacío y crispado. Yo soy aquel que ayer nomás decía y eso es lo que digo. La exasperación no me abandonó nunca y mi estilo lo confirma letra por letra.  Desde este ángulo de agonía la muerte de un niño proletario es un hecho perfectamente lógico y natural. Es un hecho perfecto.
  Los despojos de ¡Estropeado! ya no daban para más. Mi mano los palpaba mientras él me lamía el falo. Con los ojos entrecerrados y a punto de gozar yo comprobaba, con una sola recorrida de mi mano, que todo estaba herido ya con exhaustiva precisión. Se ocultaba el sol, le negaba sus rayos a todo un hemisferio y la tarde moría. Descargué mi puño martillo sobre la cabeza achatada de animal de ¡Estropeado!: él me lamía el falo. Impacientes Gustavo y Esteban querían que aquello culminara para de una buena vez por todas: Ejecutar el acto. Empuñé mechones del pelo de ¡Estropeado! y le sacudí la cabeza para acelerar el goce. No podía salir de ahí para entrar al otro acto. Le metí en la boca el punzón para sentir el frío del metal junto a la punta del falo. Hasta que de puro estremecimiento pude gozar. Entonces dejé que se posara sobre el barro la cabeza achatada de animal.
    —Ahora hay que ahorcarlo rápido —dijo Gustavo.
    —Con un alambre —dijo Estebanñ en la calle de tierra don de empieza el barrio precario de los desocupados.
    —Y adiós Stroppani ¡vamos! —dije yo.
    Remontamos el cuerpo flojo del niño proletario hasta el lugar indicado. Nos proveímos de un alambre. Gustavo lo ahorcó bajo la luna, joyesca, tirando de los extremos del alambre. La lengua quedó colgante de la boca como en todo caso de estrangulación.  


 OSVALDO LAMBORGHINI